¡QUEREMOS…!
La expresión completa y que figura en
todas las pancartas de las manifestaciones que se dan en España (en el resto
del mundo también) es: ¡queremos trabajo!
Coloquialmente vale pero, por exigua
que resulte la reflexión individual (no parece que sea posible y ni siquiera
frecuente la reflexión colectiva), caeremos en la cuenta de que las pancartas
reclaman humo, es decir, nada.
Porque el trabajo no existe. El
trabajo no es. Al menos el trabajo no es un ente tangible; ni siquiera ideal.
El trabajo es el vector físico o
intelectual imprescindible para llevar a cabo una tarea, una función.
Vamos a detenernos brevemente en las
acepciones que recoge el Diccionario de la real academia española: “Acción y
efecto de trabajar” y: “Esfuerzo humano aplicado a la producción de
riqueza”. (El resto de los conceptos lo dejo para la curiosidad del lector, porque me
interesa centrar el tema en los aspectos puramente humanos). Y no dice que es
un sólido, un líquido o un elemento gaseoso. No dice que tenga forma, peso,
tamaño, etc. En resumen no dice que sea una cosa.
Con el nacimiento de la revolución
industrial, los ideólogos, los políticos y los sindicalistas, han venido
alimentando interesadamente el uso de este slogan porque no encontraron
individuos o colectivos que se les opusieran y porque como toda consigna
revolucionaria, lo han revestido de la contundencia necesaria como para que
pareciera que se trataba de algo palpable, es decir, tangible, alcanzable y
apropiable.
¿Y cabría algo más estúpido que querer
realizar un esfuerzo cuando lo más racional es pretender lo contrario? ¿No
hemos oído hablar de la ley del mínimo esfuerzo?
¿Conoces a alguien que renuncie a la
retribución económica de su aportación a una empresa, porque lo que le gusta y
lo que le compensa es el esfuerzo, y le sublima llegar al borde de la
extenuación?
¿Entonces?
¿Y resulta poco estúpido que, además,
demandemos que el esfuerzo nos lo asignen y lo controlen los demás?
Lo que ocurre es que los colectivos
que se manifiestan detrás de las pancartas, lo que no quieren es precisamente
un esfuerzo, sino un empleo, que es cosa totalmente diferente.
Y la sociedad no es autosuficiente. Yo
necesito lo que otros hacen y otros necesitan lo que hago o contribuyo a hacer
yo.
Y demandar un empleo es natural y
lógico porque todos los individuos no podemos (o no queremos) ser, y menos a la
vez, emprendedores y empleadores. Muchísimas personas que estarían más que
capacitadas para generar empleos, prefieren trabajar para un empleador sea este
una persona física o una persona jurídica. Y es comprensible.
Así, cuando demandamos empleo, lo
hacemos (o deberíamos hacerlo) frente a quienes creemos que pueden
proporcionárnoslo ya que, lo contrario, alcanzaría cuotas astronómicas de
majadería.
Pero demandar un empleo ante un ente
abstracto no parece muy racional y, demandarlo dando a entender que lo hacemos
frente a la Administración, es tanto como suponer que ésta va a crear las
condiciones para emplearnos y facilitarnos los ingresos equivalentes; pero esto
ya nos lo enseñó la Historia, tiene un nombre y unos apellidos que rechazamos
por totalitarios.
¿O no?
Y queremos un empleo porque conlleva
una remuneración, si no ¿de qué?
Pues, dejémonos de zarandajas. Salir
detrás de la pancarta por este motivo no es más que bailar al son de la música de
los que se benefician de nuestra ingenuidad y que ni ellos nos van a
proporcionar el empleo ni estarán nunca en condiciones de forzar a nadie a que
nos lo proporcione.
De modo que si pensabas fabricar una
pancarta ten en cuenta lo que te digo y piensa que harás un esfuerzo que
tampoco encontrará compensación económica. Ah. Pero si lo que te mola es darte
un paseo y desgañitarte dando gritos, ¡adelante!
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