DESFLORACION
Me encontré con ella después de muchos años y conservaba aquella belleza angelical de su juventud unida a la majestad que emana de la belleza serena de la madurez.
Yo había estado -como todos- perdidamente enamorado de ella y ella lo sabía. Pero no fui recompensado por mis desvelos. Le hice versos; con la flauta interpreté las melodías más voluptuosas del momento confiando siempre en que, al oírlas, obrarían el milagro de la cariñosa entrega de un amor que presentía tan grande como su hermosura.
Como se ha hecho siempre -me consta- le enviaba mensajes a través de los amigos (para evitar complicaciones, era alguno de los que estimaba menos favorecidos físicamente por los dioses) y sufría las penas de los infiernos cuando el mensajero de turno me trasladaba que, tras echarle una ojeada a la misiva la destruía arrojando los pedazos al suelo con un gesto despectivo o, cuando menos de indiferencia.
Probé con flores, con bombones y con caramelos. Hasta le hice llegar, por el mismo conducto, una diadema que, aunque barata, se llevó el importe de mi paga semanal y que me fue devuelta seguidamente creándome, con la vergüenza, el problema de no saber qué hacer con ella. Pensé en regalársela a otra niña pero la limpieza de mi corazón no me lo permitió, de modo que decidí “olvidarla” en el parque y no volví a saber de su paradero.
En mi platónica pasión no había lugar para el consuelo. De aquella beldad no podía concebir un mal gesto o una expresión soez; del mismo modo que todo mi ser se negaba a aceptar que se trataba de una criatura mortal, por lo que rechazaba una y otra vez la imagen de aquel ángel en las funciones fisiológicas normales o comiendo groseramente con las manos y chupándose los dedos.
Me interesé cortésmente por su vida y ella por la mía. Me dijo que tenía dos hijas, prematuramente emancipadas, que hubieran contendido favorablemente con las cualidades físicas con que la Naturaleza la había dotado; fruto del matrimonio con “aquel hombre” (fueron sus palabras) del que se había divorciado.
Y cuando la segunda de ellas llegaba a la pubertad, comenzando a menstruar antes que la primera, entendió que debía hablarles a las hijas reuniéndolas a las dos y comprobando, para su sorpresa, que ambas sabían más que lo que ella misma había aprendido de la vida.
Me dijo que tenía apenas 17 años cuando la casaron y, burla burlando, quise entender que no había conocido varón ni alcanzaba a imaginarlo siquiera, cuando se encontró tendida boca arriba en el tálamo y con aquel excitado e incansable varón encima que le doblaba la edad. Me dijo que, entonces, había comprendido un chascarrillo escuchado a hurtadillas que se refería a una novia que le preguntaba a una amiga recién casada que cómo era eso de la noche de bodas y que le había contestado que era como si le cayera encima un armario con la llave puesta.
Cosas de la época.
Me dijo que no había sentido dolor, humillación y angustias mayores, y que había sufrido tales desgarros que hubo de ser atendida en la enfermería.
Que el disgusto aún persistía se apreciaba en la rabia con que me dijo: “a los hombres deberían sodomizarlos para que entendieran lo que sufre la mujer en una situación como aquella”…
Y no me pude contener; le dije: “eso nos lo hacen los políticos todos los días y, …a las mujeres también”
Continuará...
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